domingo 12 de abril de 2009

Adiós, Morales, adiós.

Aquí aprendí a no dormir, a sufrir en el quirófano y fuera de él, a torear con el capote, a maldecir, blasfemar e insultar en arameo. Ahora, que tengo ante mí cinco largos años y en las postrimerias de mi última guardia puedo, solemnemente, decir: la residencia ha muerto; ¡viva la residencia!